Había estado comprando el periódico esporádicamente por los últimos tres años. Siempre esperó sacarse el premio mayor, total, esa era la mayor motivación que tenían los lectores de un diario popular de esta pequeña ciudad, tan grande y tan pequeña que la gente se sentía cada vez más asfixiada de tener siempre alguien al costado, pero no conocer nunca a nadie.
En la mañana había dejado de comprar la galleta del día, el que lo iba a alimentar mientras llegara a casa por la noche, para comprar el matutino y llamar desde el trabajo, mientras nadie lo miraba, al número que se indicaba para el sorteo de la semana. Eran dos mil dólares que lo podían sacar de ciertas deudas obtenidas. Eran deudas que por más que las pagaban siempre estaban allí, con los intereses que a la fecha ya le habían cobrado el triple de lo que había gastado. Así que si se ganaba el premio, pensó, podría quedar con deuda cero y empezar a pensar ahora si en reparar los desperfectos de la casa, que cada día se le iba deteriorando de a pocos, pero indefectiblemente. Pensó poder sacar a pasear a su mujer, sacar a sus hijos, sacar a su perro a dar más que una vuelta por la manzana, sino de verdad pasear como Dios lo manda. Con comida incluida. Pensó que ya era tiempo en que ganase algo, que la vida lo premiase, le diera una alegría económica.
Llamó al número pero estaba congestionado. Intentó dos veces pero ya no pudo más, el jefe entraba a la oficina y tuvo que dejar el teléfono. Apuntó entonces el número que venía impreso en un papel, lo memorizó para llamar luego, era fácil de recordar pues formaba una fecha, la fecha en que conoció a su mujer y el año de nacimiento de su pequeña hija, que a la fecha ya era toda una señorita, quien esperaba poder tener su fiesta de cumpleaños como lo habían tenido sus amigas. Guardó el papel en uno de sus bolsillos y siguió con las tareas de la oficina. A la hora del almuerzo, como no tenía nada que comer y le daba vergüenza que sus compañeros se dieran cuenta, salió a dar una vuelta por el parque, llevando el periódico para leerlo mientras pasaba su descanso. Cuando estuvo pues sentado en una banca del parque, vio que un pequeño cruzaba la calle sin darse cuenta que venía un ómnibus a velocidad, Se paró rápidamente y corriendo tomó uno de los brazos del pequeño y lo jaló hacia la vereda rescatándolo de lo que pudo ser una tragedia. La gente se acercó, el carro siguió su marcha sin detenerse ni disminuir su velocidad. El niño, asustado, empezó a llorar y una mujer, que era tal vez su madre corrió a abrazarlo y dándole las gracias por la hazaña al hombre, se alejó mientras él sentía el palpitar de su corazón, temblando por lo que acababa de hacer.
Regresó al trabajo y pasó la tarde casi sonámbulo, haciendo la tarea de siempre, como una autómata. Olvidó el número, el premio, olvidó todo. Terminó la jornada de trabajo y mientras pagaba el pasaje del micro que lo llevaría a su casa sacó el papel que había guardado en la tarde, lo miro y se rió de si mismo, pensó que si se hubiera comprado la galleta no tendría tanta hambre como sentía en esos momentos, pero tampoco habría salvado la vida del pequeño imprudente. Lo volvió a guardar, esta vez en la billetera. Era viernes y al día siguiente iba a descansar, y gastar el último billete que le quedaba con una demasiada humilde comida. Faltaban tres días para cobrar. Su mujer tenía que hacer milagros para que alcanzara unos días más, y sus hijos tenían que achicar el estomago otra vez más.
El lunes siguiente se acercó, como todas la mañanas, al puesto de periódicos, leyó las noticias y sin querer dirigió su mirada hacia la parte inferior del periódico donde se indicaba el número y el nombre del ganador. Vio el número que estaba impreso, formaba una fecha importante que siempre tenía en cuenta y finalizaba con el año de nacimiento de su hija. Supo que había ganado. ¿Había ganado?. Pero si no había llamado, entonces, ¿quien lo había hecho?. Le temblaban las piernas, su corazón palpitaba, su mente se nubló por un instante y sin saber que hacer, compró otra vez, como autómata el periódico y busco la dirección del mismo. Vio que estaba en el centro de la ciudad por una calle que apenas conocía. Decidió ir a reclamar su premio. Mientras iba pensaba que decir, como decir que él era el ganador, que él lo había comprado, que se había perdido el periódico en un parque mientras salvaba la vida a un pequeño, que era un héroe, que era un hombre que necesitaba ese dinero.
Llegó y en la portería le pidieron sus documentos, al entrar la chica de la recepción le preguntó cual era el motivo de su visita. El se lo explicó mientras la joven lo veía de pies a cabeza y luego de escucharlo decir todo cuanto quería decir le respondió que era imposible cobrar el premio si no era él el que había sido registrado por el teléfono. El hombre se desesperó, trató de volver a explicar pero subió el tono de su voz, tanto que la joven hizo un ademán a la gente de vigilancia que lo sacaron casi a rastras del diario. Avergonzado, colérico, humillado, caminó por largo tiempo, sin un rumbo fijo. Se acordó del trabajo. Ya era casi medio día, no sabía si ir o no a la oficina, la suerte le había jugado una mala broma al entregarle la oportunidad y que se le había escapado de las manos. Recordó al niño que había salvado y cuya madre sólo le dio las gracias alejándose sin saber ni sus nombres ni preguntándoselo a él. – Niño estúpido – pensó, mientras caminaba contando sus pasos – mujer estúpida – masticaba, y repetía la frase una y otra vez. Se perdió por las calles, con las manos en los bolsillos, llorando de rabia. La suerte no era con él.
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1 comentario:
Bueno
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