Desde pequeña siempre le gustó salir a caminar hasta la playa que estaba a unas cuantas cuadras de su casa, le gustaba ver el horizonte y oír el golpe del agua en la orilla mientras rompían las olas, y junto a ella iba Zeta, su perro. Sofía amaba el mar y le temía.
Recordaba que un día, de pequeña, su madre la había llevado a conocer la playa, cuando recién fueron a vivir a esa, su nueva casa que con tantos esfuerzo su madre lo había conseguido, después de tantos años pagando un alquiler por un pequeño cuarto que jamás sería suyo, por eso, cuando escuchó la oferta de la casita de junto al mar no lo pensó dos veces y vendió algunos artefactos que tenia en el cuarto, sacó sus ahorros y se hizo un préstamo con tal de salir de aquella casa que le traía feos recuerdos y donde la señora que lo alquilaba tenia siempre un mal humor. Sofia, que a lo sumo tenía 3 años no lo quería dejar porque la mujer tenía algunas mascotas a los cuales trataba mejor que a sus inquilinos, y ella amaba esos animales que la acompañaban durante los largos días mientras Carmela, su madre, iba a trabajar en la fábrica, donde recibía un mísero sueldo que apenas le alcanzaba para el alquiler y pequeños gastos, pero, haciendo milagros siempre tenia algo nuevo, aunque pequeño, para Sofia. Su padre trabajaba tan lejos que apenas llegaba 2 o 3 veces por año y nunca les mandaba nada, más al llegar siempre abusaba de su mujer. Sofia casi no lo conocía, y cuando llegaba la sacaba del cuarto, se encerraba con su mujer mientras ella iba jugar con Dogo, Porky, Dingo, Zarina, las mascotas de la vieja gruñona. Zarina, la perra, había estado gestando por esa época, y cuando tuvo sus cachorrito la vieja los empezó a ahogar porque aunque quería a sus mascotas ya no tenía lugar para uno más. Sofia vio como los ahogaba y lloraba en silencio, escondida, porque temía que la vieja la ahogara también a ella. Cuando la vieja se retiró a buscar unas bolsas de basura donde colocar los cadáveres Sofia salió y vio a los perritos inmóviles, pequeños, frágiles y muertos, los tocó, los movió pero ya no respiraban, tocó al más gordito, al que se parecía a unos de sus peluches que su madre le había regalado en la Navidad pasada y del cual ya no quedaba sino un trapo sucio y viejo pues no lo había podido cuidar, siendo una niña de tan corta edad, y al tocarlo vio que el perrito quería subir su cabecita, como buscando a su madre que no estaba. Sofia se sorprendió y tapándolo con su chompa lo llevó antes que la vieja regresará a llevarse a los hermanos del cachorro que había rescatado.
Lo llevó a casa, cuando su padre, nuevamente se había ido y al entrar a casa vio a su madre, como dormida, en cama, desnuda, como cuando se bañaban juntas cada noche al regresar Carmela. Se acercó y la cubrió con la sabana viéndola que tenía un hilillo de sangre al costado de su boca. Supo que lo había provocado su padre y lo odió como nunca supo. Mientras lloraba la acariciaba, y llevó, en su inocencia de sus 3 años, al pequeño rescatado a la cara de la mujer quien al sentir un cuerpecito mojado despertó de un sueño provocado, apenas si se movió, se sentó en la cama y acariciando a Sofia le decía - los hombres son una mierda. - Sofia sabia que su padre era mierda. Nunca lo habría de olvidar. Su padre nunca más volvió pero su rostro quedó grabado en la mente de la pequeña, tal como quedó grabado la escena de su madre desnuda y herida. Y cada vez que lo recordaba lo odiaba más.
Desde aquel momento cuidó a su mascota y cuando se había enfermado de cachorro lo llevaba a escondidas a su cama y dormía con él. Lo abrazaba tiernamente orando para que su perrito no se le muriera como otras tanta mascotas que ya no estaban, algunos "extraviados" por su papá, otros que se habían ido y otros tantos que nunca los pudo tener por no tener un sitio donde criarlo. Agradeció a Dios por esa oportunidad.
Cuando llegaron a su nueva casa Sofia llevaba a Zeta, su pequeña mascota que ella misma rescató y por el que tuvo que hacer algunas tareas para la vieja, quien lo llevó a la veterinaria para que le pongan sus vacunas a cambio de que les limpiara sus porquerías de sus demás perros mientras su mama iba a la fábrica. Carmela nunca lo supo pues era un secreto entre la vieja y la pequeña y Sofia amaba a Zeta y no lo quería ver morir pues ya había visto que sus otros perritos se le habían muerto antes, pues mamá no podía cubrir con otros gastos para los cuales no tenía presupuesto.
Por las tardes iba con Zeta caminando a la playa y se quedaba hasta tarde, antes de anochecer, retornando a casa para esperar a su madre. Y así fueron varios años.
Ese día había regresado tarde del colegio porque la maestra la castigó con unas tareas por haber estado parloteando sin hacer caso a la clase que con tanto esfuerzo preparó el día anterior. Sofia parloteaba porque fuera del colegio no había con quien charlar, sabía que su madre no llegaría sino por la noche. Antes de llegar tenía que pasar por el comedor y llevar para el almuerzo y la cena, pero como llegó tarde encontró la puerta cerrada y resignada volvía a casa sin ganas, con hambre, sin fuerzas. Al entrar en casa vio que por la parte de atrás se había escapado Zeta, tal vez también había tenido hambre y había ido a buscar por el basural. Se entristecía al ver la situación en la que vivián su madre y ella, pero jamás le decía nada ni le reprochaba, porque alguna vez que lo había intentado recordaba a su padre, la escena de su madre, la casa de la vieja gruñona, que se alegraba de estar lejos de todo eso, además, Carmela aun cuando trabajaba todo el día, por las noches conversaba con ella y en algunas ocasiones salían a pasear, aun cuando tampoco en esas ocasiones Sofia le pedía nada, se alegraba simplemente de saber que su madre la quería y ella queria a su madre. Daría su vida por ella.
Sofia empezó a buscar a Zeta, primero por las calles de su barrio, un poco mas allá, por los basurales, por el mercado, pero no lo encontró. Entonces recordó que a Zeta también le gustaba el mar y se fue hacia la playa a buscarlo. Recorrió largo tiempo la orilla del mar, viendo un grupo de muchachos que jugaban tirando piedras a un bulto rojo. No le tomó importancia hasta que estuvo cerca y vio horrorizada que ese bulto rojo no era sino su Zeta, su perro de pelaje blanco que había sido atacado por ese grupo de chicos que por diversión lo habían matado. Corrió con desesperación, con dolor, con rabia, gritando, blasfemando, insultando mientras los muchachos seguían tirando piedras a Zeta quien no se movía, cada vez más rojo. Sofia tomó un trozo de madera que encontró y corrió para golpear a aquellos que se divertían mientras ella agonizaba de dolor. Golpeó a uno y los demás empezaron a correr. Eran unos adolescentes como empezaba a serlo ella. El muchacho caído se paró, tambaleándose primero, firmemente después, con una pequeña herida en la frente fruto del golpe certero de la muchacha, sonrió y empezó a correr, deteniéndose un rato, se volteó, miró fijamente a Sofia, señalándola con el dedo, amenazante - perra- le dijo son una sonrisa macabra, siniestra mientras se alejaba riéndose como si acabara de darle una lección.
Se reclinó y abrazó a Zeta que ya no era sino un guiñapo de carne y pelos. Tiñó su uniforme de color rojo y lloró amargamente. Y maldijo a Dios que le quitaba a un ser que tanto amaba y que la había acompañado tanto tiempo, le reclamó por su dolor, por sus tristezas, por su abandono. Y recordó a su padre golpeando a su madre. Y a los muchachos matando a su perro. Y recordó lo que su madre le había dicho años antes. - los hombres son una mierda. - Sofia sabia que su padre era mierda. Sofia supo que los muchachos eran mierda. Temía que todos fueran mierda. No quiso pensar en Dios porque le dolía mucho pensar que también El lo fuera. Lloró hasta quedarse dormida junto al cadáver del cachorro que un día rescató de la muerte.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario